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Cuento: El Indiano

 

EL INDIANO

Por: Jorge Mesía Hidalgo

Cierta vez arribó al pueblo un circo. Por el comentario de la gente sabíamos que era de Brasil. Nadie había visto llegar el cargamento, pero el circo ya estaba en el pueblo. Todos los pobladores salían a las puertas de sus casas cuando el bando pasaba anunciando al:

“Circo más grande de América”, “Vea en acción a los mejores trapecistas”, “Feroces animales de África totalmente amaestrados”, “Vea en persona al hombre más grande y fuerte del mundo”, y otras cosas más iba vociferando el pregonero.

Sabíamos también que sólo harían una presentación, ya que estaban de paso a la ciudad de Yurimaguas e Iquitos para retornar a su país. En aquellos días los circos se presentaban a plena luz del día, pues las lámparas de aceite no eran suficiente para verlos en la noche.

Un grupo de amigos decidimos ir al circo. El día de la presentación el espectáculo contaba con numeroso público y efectivamente el lugar estaba preparado para la presentación de los artistas. Una jaula de fierro encerraba a un impresionante león que se movía en el interior impacientemente, monos chimpancé, loros y otros animales se paseaban por ahí, de donde supuestamente luego bajarían una cortina para que vayan ingresando los artistas. Me llamó la atención un pequeño estrado levantado a un costado de la pista de actuación, en la parte superior un letrero grande y bastante deteriorado decía: “El Indiano, el hombre más grande y fuerte del mundo”

A mis amigos les causó el mismo impacto que a mí, aquel anuncio, de modo que casi todo el espectáculo pasó casi desapercibido, esperando la presentación de aquel hombre. Mientras actuaban los malabaristas, payasos y animales, nuestra mirada, de cuando en cuando giraba hacía el pequeño estrado, a ver si de sorpresa lo captábamos, pero nada. Cuando, en el momento menos esperado, cuando ya mediaba la tarde, el pregonero dijo:

— ¡Señoras y señores, ahora lo veremos!

Toda la gente prácticamente se volcó junto al pequeño estrado, el anunciador no hizo más que treparse encima para no ser aplastado, recién pudimos darnos cuenta que llevaba puesto un saco de colores brillantes, pantalón negro, un sombrero de copa alta color negro y un bastón en la mano. También en el estrado había una caja más o menos grande cubierta con una manta verde. No nos fijamos más en la caja, todos esperábamos que de algún lugar  apareciera el Indiano. Jamás pasó por mi mente que todo ese tiempo, en aquella caja estaba metido aquel hombre. El pregonero dijo:

—¡Señoras y señores, van a ser testigos de una gran presentación, verán por primera vez al hombre más grande y fuerte del mundo, viene recorriendo todo el continente demostrando su gran tamaño y fuerza, procedente de la lejana India, se ha batido en duras peleas a puño limpio, con elefantes, tigres y leones, —el público estalló en risas incrédulas.

Estábamos impacientados y muchos, levantando las manos pedían que se      presentara de una vez. Fue entonces que el pregonero, tomando uno de los extremos de la manta lo jaló hasta dejar al descubierto la caja. De pronto un golpe fuerte y violento votó por los aires la tapa de la caja que era de madera, fue tanta la sorpresa que todos dimos unos pasos hacia atrás del susto, algunos se habían caído de espaldas. Ni imaginábamos lo que vendría en seguida. Dos enormes manos negras surgieron del interior de la caja, se apoyó en el borde e inmediatamente se puso de pie, ¡Era un  gigante!. La gente dio un grito de sorpresa y dimos varios pasos más hacia atrás por la fuerte impresión. Algunos corrieron a colocarse en un lugar más lejano, fuera del alcance de aquel fenómeno. Muchos se quitaron el sombrero ante lo admirable, otros se colocaban sus anteojos porque no creían lo que sus ojos veían.

El Indiano era un fenómeno, de impresionante contextura, de unos dos metros y medio o más de estatura, de color moreno y la cabeza completamente rapada. Se colocó justo en el centro del estrado, con los brazos cruzados y la mirada al frente. Vestía un pantalón celeste brillante como los que usan los artistas del circo, con el torso descubierto para mostrar su prominente musculatura, al parecer se había frotado con aceite, porque brillaba como un caballo fino bien alimentado y recién cepillado. El pregonero seguía hablando de no sé qué cosas, nadie lo escuchaba, porque todos tenían puestos sus sentidos en el Indiano. Algunos que habían corrido al verlo la primera vez, fueron acercándose poco a poco para verlo más de cerca. El impresionante hombre seguía inmóvil en su lugar, entonces logré escuchar nuevamente al pregonero.

—Y en todo su recorrido mundo no ha habido humano alguno que se ha atrevido a retarle a puño limpio.

El pregonero se acercó a un extremo del estrado y cogió una barra de fierro y se acercó al público.

— ¿Habrá alguno de ustedes que podrá doblar este fierro?, —preguntó mirando a todos. Un gran silencio se hizo entre la gente. Yo miré a mis amigos y ellos a su vez a mí.

— ¡Yo!, —dijo, alguien entre el público.

Todos movimos la cabeza en busca de aquel insensato, debe estar loco, pensé. Era “Juan sin miedo”, así lo conocían en el pueblo, un tipo que alguna vez también trabajó en un circo, según sus propias palabras, aunque muchos no le creían por el tipo de vida que llevaba. Nadie sabía su nombre completo, sólo “Juan sin miedo”, nombre de un conocido personaje de revistas de aquellos tiempos. En el pueblo vivía de cantina en cantina cobrando las apuestas que hacía a su poderosa fuerza que poseía en sus brazos. Era conocido en muchos pueblos de la Amazonía, pues no tenía lugar fijo de residencia, razón por la cual sólo en raras ocasiones, como aquella, se le veía en el pueblo.

Ante la mirada atónita del pregonero y la inmovilidad del gigante, “Juan sin miedo” se subió al estrado y se ubicó a prudente distancia del Indiano, haciendo gestos de temor, lo que causó la risa entre el público. Tomó el fierro que le tendió el anunciador y haciendo grandes esfuerzos y exponiendo todo el poder muscular de sus brazos, logró doblar el fierro hasta convertirlo en un arco. Satisfecho, “Juan sin miedo”, lo expuso al público, recibiendo fuertes aplausos. En seguida el pregonero cogió otro fierro y entregándole al gigante dijo:

— ¡Ahora vean lo que hace el hombre más fuerte del mundo!

Acto seguido, acercándose, le dio unas fuertes cachetadas al moreno gigante. Los golpes eran tan fuertes, que me pareció que en cualquier momento el indiano reaccionaría dando una fuerte golpiza al pregonero. Pero no fue así. La mole humana frunció el ceño, mordió los labios, cogió el fierro por los extremos, los músculos de los brazos se le hincharon y con sólo dos movimientos rapidísimos dobló el fierro de tal manera, que al mostrarle al público, parecía un nudo casi perfecto. La gente lanzó un grito de admiración y aplaudió fuertemente el acto.

— ¡Eso es truco!, —gritó, “Juan sin miedo”, desde su sitio, y la gente lo apoyó moviendo la cabeza y pronunciando muchos síes.

De improviso, el Indiano miró fijamente a “Juan sin miedo”, la gente paró en seco los gritos y se produjo un silencio sepulcral en el ambiente, por primera vez el moreno gigante miraba directamente a alguien del público. Sorpresivamente y con una rapidez que no se podía imaginar en él, tomó un fierro y lo dobló de igual manera que la primera, se lo entregó a “Juan sin miedo”, luego tomó otro y doblándolo nuevamente, se lo entregó a otra persona, se detuvo en el centro del estrado con una agitación que parecía que los pectorales se le iban a desprender del cuerpo. Todos nos quedamos inmóviles, en silencio, atónitos.

— ¡Ya, moreno, cálmate, que vamos a seguir la función!, —dijo el pregonero.

Preciso instante en que el Indiano, cerrando los puños fuertemente y levantándolos por encima de su cabeza, lanzó un grito ensordecedor, haciéndonos correr del susto, seguidamente saltó del estrado al piso haciéndolo temblar, con el rostro completamente desfigurado por la furia. Muchas personas se caían en el afán de correr y ponerse a distancia de aquel monstruo. El pregonero saltó tras él tratando de detenerlo, el Indiano se dirigió presuroso al centro del circo, la gente lo seguía a pasos cortos y a prudente distancia. El gigante se detuvo y miró la jaula grande donde el león estaba recostado, el moreno se acercó, abrió la jaula con mucha facilidad e ingresó. El pregonero le gritó:

— ¡No, no lo hagas!

Pero el colosal hombre  ya estaba dentro, cerró la puerta, le puso cerrojo y miró a todos con sus enormes ojos que con la furia que traía se habían agrandado aún más. Toda la gente se acercó a ver lo que sucedía. El gigante se detuvo en el centro de la jaula, el león mostraba sus dientes ante tal intromisión. Estando dentro, el gigante, nuevamente lanzó su grito de guerra, el león se asustó tanto como nosotros y sin levantarse rugió tan fuertemente que nos dio escalofríos, muchas mujeres se desmayaron. El pregonero anunciador que estaba junto a la puerta gritaba:

— ¡Moreno, sal de ahí, no te metas con el león!

No sé, si lo que estaba ocurriendo, era parte del espectáculo o era una cosa circunstancial, lo que si era cierto, era que estábamos muy nerviosos. Nadie decía una palabra. Todo era silencio, excepto por los gritos del anunciador, suplicando al moreno que saliera de la jaula, los gritos del gigante provocando al rey de la selva y los rugidos de éste ante la provocación del atrevido. Dentro de la jaula, el león se puso de pie y empezó a caminar en torno al Indiano, como anunciando su ataque ante tal falta de respeto a su envestidura y un poco estudiando a su ocasional rival. De pronto y sin previo aviso, dio un ágil salto hacia el moreno tratando de morderlo por el cuello, pero éste con un rápido movimiento, echó por los suelos al león. El hombre más fuerte del mundo estaba furioso y la bestia también. Nuevamente el animal se lanzó contra el indiano y parece que eso esperaba el moreno, ya que inmediatamente lo tomó por las patas delanteras y lo zarandeó fuertemente hasta derribarlo nuevamente, entonces se subió encima del animal, aplastando patas y panza con su enorme peso. El indiano levantó la cara sudorosa, en las sienes y en la frente se notaban enormes venas. La gente aplaudió, ante tal demostración de fuerza y valor. El pregonero seguía gritando:

— ¡Ya, moreno, ya está bien, se acabó, deja al león!

El indiano gritó nuevamente, cogió a la bestia por las quijadas con ambas manos, abriéndole la boca fuertemente, lo mostró al público. Éste respondió con aplausos y gritos. El anunciador gritaba:

— ¡No, no, ya basta, suéltalo, suéltalo, moreno!

El público seguía aplaudiendo ante tal demostración de poder. Entonces ocurrió lo inesperado. En la postura en que se encontraba, el gigante hizo un gesto feroz y comenzó a abrir cada vez más las quijadas del animal, luego, un chasquido seco, silencio absoluto en los espectadores, sólo gestos de horror, admiración e incredulidad. Me trepé en un banco de madera para ver mejor el espectáculo. Y lo vi. En la mano derecha del Indiano se encontraba la quijada inferior del animal ¡Con toda la lengua fuera del cuerpo!. El moreno tenía levantada aquella mano, como mostrándola al público. Sangre en el piso, en el aire y escurriéndose por el brazo del Indiano. Personas del público que se caían al retroceder por la impresión de aquel acto. Otros con náuseas ante la presencia y el olor de la sangre. Todo se volvió un caos, yo estaba en el suelo, me caí cuando la gente retrocedió en forma abrupta.

Me puse en pie inmediatamente. El moreno gigante volvió a gritar fuertemente, con la quijada del animal aún en la mano, buscaba desesperado la salida de la jaula, el rostro completamente desfigurado por la furia y el esfuerzo realizado. El pánico cundió y la gente comenzó a correr, despavorida, en todas direcciones. Yo también lo hice y no paré hasta llegar a casa. No comenté nada en casa, pero mis padres se enteraron un poco más tarde de lo ocurrido, por comentarios de la gente. No salí de casa sino hasta el tercer día de aquel incidente. El circo se había marchado tan silenciosamente como llegó. Me comentaron que el moreno tuvo que ser inyectado para que se calmara, el  león murió y se lo llevaron. Nunca más se supo de aquel circo, ni del hombre más grande y fuerte del mundo, de tremenda altura y fuerza descomunal llamado el Indiano”.

 

 

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