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Cuento: El Gavilán Pico Roto

 

 

EL GAVILÁN PICO ROTO

Por: Jorge Mesía Hidalgo

En el bohío humilde de una chacra, rodeado de campo florido y montañas verdes, vivía un niño amante de los animales. El niño Jaimito, además, se aprestaba a asistir a la escuela a culminar sus estudios de primaria. Si fuera por él, jamás asistiría a la escuela y se quedaría toda la vida en el campo, para disfrutar el aire fresco y limpio, para bañarse todos los días en la pequeña quebrada de aguas limpias y cristalinas, escuchar el melodioso canto de cientos de aves de todo tipo y, sobre todo, para ayudar a sus padres en el cuidado de animales de corral que criaban, como gallinas, cerdos, patos, algunos vacunos y tres acémilas por los que tenía especial predilección.

Casi todos los días, al promediar la tarde, salía con su papá, don Atanasio, montados, cada uno, en un caballo, a vigilar los ganados y otros animales en el campo. Esta actividad agradaba mucho a Jaimito porque le daba la oportunidad de ver a su padre en las labores cotidianas y aprender de él los detalles para la buena crianza de animales y conservar el medio ambiente, como tantas veces se lo mencionaba. Fue en una de esas tardes que, estando en campo abierto, el papá de Jaimito escuchó el chillar de un gavilán.

—Jaimito, amarra tu pañuelo en un palo y vete a proteger a los polluelos y las gallinas, porque el gavilán pollero ya los vio y puede atacarlos. —dijo, don Atanasio, indicando con el dedo el lugar donde se encontraban pastando las aves  y sus crías.

Jaimito, dejando su caballo a cierta distancia, se acercó al grupo de gallinas y sus polluelos, con el pañuelo en el extremo de un palo, para ahuyentar al gavilán. El ave rapaz que volaba en círculos mirando hacia los polluelos chillaba y chillaba sin cesar. Juanito, mirando hacia arriba, le dijo:

— ¡Apártate, gavilán, no te llevarás ningún pollo!

— ¡Tranquilo, niño, no quiero llevarme ningún pollo, sólo quiero contemplarlos! —respondió, el gavilán, lo que sorprendió en demasía a Jaimito.

— ¡No, vete de acá!, ¡gavilán malo, sólo quieres atrapar a los polluelos para llevártelos!, ¡vete de acá! —replicó, Jaimito, tapándose los oídos.

El gavilán bajó a posarse en la rama de un árbol cerca de donde se encontraba el niño.

—No soy un gavilán malo. —dijo, el ave rapaz— Si te acercas un poco te darás cuenta que he perdido parte de mi pico y mis garras en un combate con otro gavilán.

— ¡Mientes, seguro quieres agarrarme a mí también!, ¡vete, o llamaré a mi papá para que te dé una buena paliza! —dijo, el niño.

— ¡No!, no lo hagas niño, sólo quiero un poco de comida porque tengo mucha hambre. —Respondió, el gavilán, apesadumbrado— Mírame, ¿Cómo atraparía un polluelo si no tengo garras para hacerlo?, ¿De qué me serviría llevarme un polluelo, si no tengo pico para comerlo?

Jaimito, dudando un poco de las palabras del gavilán, se acercó sigilosamente. Efectivamente, el ave rapaz tenía el pico roto y las garras astilladas, estaba condenado a morir de hambre. Jaimito dio dos pasos atrás.

—Es cierto lo que dices. —observó, el niño— Pero algo no está bien en ti, ¿Cómo es que hablas?, porque yo te escucho y te entiendo.

—Je, je, je, —rió, débilmente el gavilán— No hablo, buen niño, sólo chillo, pero tienes un gran corazón y quieres mucho a los animales, que mis chillidos se convierten en palabras para ti.

Jaimito se acercó nuevamente al gavilán y pudo comprobar, una vez más, que su pico y sus garras no le ayudarían en nada para alimentarse. Volteó a mirar a su padre, quien también lo estaba mirando.

— ¡¿Qué pasa, Jaimito?, ¿Y el gavilán?

— ¡Está acá, papá, descansando en una rama! —respondió.

— ¡Pero, ¿Qué dices, hijo mío?! ¡Ahuyéntalo, lo más pronto posible, te puede atacar a ti también! —dijo, el padre, desde la distancia.

— ¡No puede, papá, está herido, tiene el pico roto y las garras también!

Entonces, el papá de Jaimito se acercó para verlo de cerca y ahuyentarlo, lo cual era su intención.

— ¿Dónde está? —preguntó, al llegar junto a Jaimito.

—Se escondió, papá, en ese árbol, pero lo vi, y me dijo que se rompió el pico y las garras en una pelea con otro gavilán.

—Ah, Jaimito, hijo mío, ¿De cuándo acá los gavilanes hablan? —Dijo, el papá, sonriendo, incrédulo— Agita tu pañuelo si vuelve y llámame si es necesario, terminaré el trabajo allá. —culminó y se marchó.

Jaimito miró el árbol y el gavilán volvió a la rama.

— ¿Por qué te escondiste?, mi papá te hubiera visto y escuchado, ahorita los tres estaríamos contentos.

—Tu papá jamás me escucharía, tiene el corazón como una roca y no quiere a los animales como tú, Jaimito.

El niño miró a su padre, a la distancia, miró a las gallinas y los polluelos y volvió la mirada al gavilán.

—Escucha, gavilán, te daré algo de comer sólo si me prometes no atacar a los polluelos ni a las gallinas.

—Es imposible que los ataque, no puedo, estoy herido. —respondió.

— ¡Promételo, solemnemente! —dijo, enérgico, el niño.

— ¡Está bien!, ¡Caramba, niño, me asustas! —Dijo, el gavilán, mientras, Jaimito lo señalaba con el dedo índice— ¡Lo prometo, solemnemente!

—Te traeré comida, mientras tanto vigilas las gallinas y sus polluelos, ¡pero, no lo olvides, si rompes tu promesa, mi papá te dará un buen escarmiento que no olvidarás jamás!

—No lo haré, Jaimito, es más, podemos llegar a un buen acuerdo, yo te ayudo a vigilar tus aves y ahuyento a otras aves de rapiña y tú me das comida todos los días, ¿Qué te parece?

Jaimito sonrió ampliamente y aceptó encantado. Desde entonces Jaimito y el gavilán pico roto son amigos. Ambos cumplen la promesa hecha. Nunca más desaparecen los polluelos o las gallinas. El gavilán pico roto los vigila desde el aire y cada vez que tiene que comer baja a posarse en la rama de un árbol donde Jaimito lo espera con sus alimentos.

 

 

 

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