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Cuento: Cuando San Pedro Baje el Dedo

 

CUANDO SAN PEDRO BAJE EL DEDO

Por: Jorge Mesía Hidalgo

 

En mis años infantiles, cuando mi entendimiento de la vida y el mundo, no abarcaba más allá de diez centímetros de mi nariz, mi madre, casi siempre, ante mis requerimientos inapropiados e inoportunos, tenía una respuesta increíble. No hacía mayor gesto que mover los labios para pronunciar, solemnemente estas palabras: “Cuando San Pedro baje el dedo”. Yo me quedaba mirándole en silencio y poco a poco iba levantando mi mirada hacia arriba, hacia donde ella apuntaba con el dedo.

 

Muchas veces, en el transcurrir de mis años de infante, oí la famosa expresión. No solamente dirigidas a mí, sino también a mis otros hermanos, quienes, como yo, al escucharla, quedaban intrigados y pensativos. Mi madre, luego de pronunciar la dichosa frase, sonreía abiertamente y en un gesto por demás maternal y muy agradable, nos tomaba del mentón y nos daba un beso en la mejilla. Luego, daba media vuelta y volvía a sus quehaceres domésticos.

 

Cuando iniciaba mi etapa adolescente y mi curiosidad se orientaba más hacia la objetividad de las cosas, fue cuando, en cierta ocasión, entablé esta conversación con mi querida y adorada madre:

—Mamá, ¿Cuándo me vas a comprar una bicicleta? —le pregunté. Ella me miró tiernamente.

—Ay, hijito, “Cuando San Pedro baje el dedo” —respondió con una sonrisa.

—Siempre dices lo mismo, mamá, ¿Cuándo será ese día?, ¿Cómo sabremos cuando San Pedro baje el dedo? —le increpé, un poco molesto.

 

Ella, sin dejar de sonreír, se acercó a mí, me tomó del mentón y estampándome un beso en la mejilla, me atrajo hacia ella para estrecharme en un amoroso abrazo. Luego, sutilmente, me dijo:

—Hijo mío, no te molestes, esa frase quiere decir que se me hace difícil comprarte algo, por ejemplo la bicicleta que tanto quieres, no puedo comprarte, hijito.

 

Yo, en un gesto insolente y malcriado, retiré sus brazos de mi cuerpo y le increpé abiertamente.

— ¡Nunca puedes comprarme nada, mamá!, ¿Cómo a mis amigos sí les compran su bicicleta? —luego me volví dándole la espalda.

 

Mi rabieta de niño maleducado, no me permitió ver en qué momento, mi querida madre, se retiró de mi lado. Al darme cuenta de su ausencia, corrí a buscarla. En seguida la encontré en su habitación. Estaba sentada en una pequeña mecedora que le servía para descansar su espalda. Era su favorita. Tenía la mirada fija en la pared, a un costado del cómoda-tocador. Al verla en ese estado, ingresé lentamente, como contando mis pasos y al estar junto a ella, vi unas gruesas lágrimas que rodaban por sus mejillas. De inmediato me embargó una pena inmensa y remordimientos intensos, por la forma cómo reaccioné con ella y que le había conducido hasta ese estado. Quise pedirle mil perdones. Estaba seguro que con gusto me los hubiera dado. Más, un duro nudo se atravesó en mi garganta y sólo opté por arrodillarme a su lado y recostar mi cabeza en sus piernas. Cerré los ojos y lloré en silencio.

 

Casi en seguida, sentí las manos angelicales de mi progenitora, frotando mi cabeza y mis hombros. Sin levantar la cabeza le tomé la mano en agradecimiento por su perdón. Entonces, ella, me tomó el mentón para levantarme la cabeza y hacer que la mire. Ahí estaba el rostro de mi madre. La más perfecta creación de la expresión del amor filial. Esbozó una sonrisa y dijo:

—Me entristece mucho, hijito, cuando tú y tus hermanos me piden algo y no puedo satisfacerles. Me duele en lo más profundo de mí ser tener que decirles una verdad dolorosa. Por eso es que menciono el dicho “Cuando San Pedro baje el dedo”.

 

Le miré atentamente. Tenía esa mirada que tienen los santos pintados en grandes lienzos que exhiben en las iglesias. Tomé su mano y la besé.

 

— ¿Eso quiere decir que no me comprarás la bicicleta? —pregunté. Ella movió la cabeza, asintiendo. —No importa, mamá, cuando tienes plata me la compras, ¿ya? —ella sonrió, asintiendo con la cabeza. — Cuéntame, mamá, ¿Quién te enseñó eso de San Pedro?

—Tu abuelita, hijito. —Me respondió— Mira, hijo, cuando vayas a la iglesia, a la izquierda de la entrada principal, se encuentra una estatua de San Pedro. San Pedro tiene el bastón en una de sus manos y la otra está un poco levantada con un dedo apuntando al cielo. El dicho se refiere a ese dedo. Porque la estatua está hecha de yeso y no tiene vida, de manera que, ese dedo nunca bajará, ¿comprendes, hijito?

 

Cuando terminó de explicarme no pude contener la risa y ella tampoco. Así, riendo a carcajadas, le di un abrazo y un beso en la frente. Más tarde, ese mismo día, fui a la iglesia. En efecto, ahí estaba San Pedro, inmóvil, tieso cual estatua que era y con el dedo ligeramente levantado, apuntando hacia arriba. Yo le apunté con el dedo índice y reí fuertemente. El párroco Zósimo, que regaba unas plantas, un poco más allá, me miró extrañado. Al verle me asusté un poco, entonces emprendí veloz carrera hacia mi casa para contarle la anécdota, a mi madre, María Estefita.

 

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